Política · IA · RRHH

Cuando las máquinas produzcan y los humanos tengan que reinventarse

Pablo Aranzazu · 14 de agosto de 2026 · 8 min de lectura

Cada revolución tecnológica ha generado temor. Ocurrió con las máquinas durante la Revolución Industrial, con los computadores durante la segunda mitad del siglo XX y posteriormente con Internet. Hoy la conversación vuelve a repetirse alrededor de la inteligencia artificial y, cada vez con mayor fuerza, de la robótica. Sin embargo, considero que esta transformación tiene una característica distinta. La velocidad con la que está ocurriendo obliga no solamente a las empresas, sino también a los gobiernos, a los sistemas educativos y a la sociedad en general, a gestionar un profundo cambio cultural. Todavía muchas personas ven la inteligencia artificial como una competencia que amenaza su trabajo y no como una herramienta complementaria capaz de multiplicar sus capacidades. Ese temor no es imaginario. La OCDE encontró que tres de cada cinco trabajadores encuestados manifestaron preocupación por perder su empleo debido a la IA durante los siguientes diez años. Sin embargo, entre quienes ya utilizaban estas herramientas en su trabajo, cuatro de cada cinco afirmaron que habían mejorado su desempeño. Esta contradicción resulta reveladora porque muestra que una parte del miedo parece convivir con una experiencia práctica que, para muchos trabajadores, ya se traduce en mayor capacidad y productividad.

Por eso considero que estamos planteando incorrectamente una parte del debate. La pregunta no debería limitarse a si la inteligencia artificial reemplazará al ser humano. También deberíamos preguntarnos qué ocurrirá con quienes aprendan a trabajar con ella frente a quienes decidan ignorarla. La IA puede redactar documentos, analizar miles de registros, programar, identificar patrones, traducir idiomas, revisar imágenes y ejecutar en segundos tareas que anteriormente requerían horas. Negar que esto transformará ocupaciones sería irresponsable. El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial encontró que el 41 % de los empleadores consultados planeaba reducir parte de su fuerza laboral allí donde la IA pudiera automatizar tareas, mientras que el 77 % planeaba capacitar a sus trabajadores para adaptarse a las nuevas necesidades. El mismo informe proyecta que las grandes transformaciones económicas, tecnológicas, demográficas y geopolíticas podrían crear 170 millones de puestos de trabajo y desplazar 92 millones hacia 2030. Estas últimas cifras no corresponden exclusivamente a la inteligencia artificial, pero muestran la magnitud del cambio que puede experimentar el mercado laboral.

La Organización Internacional del Trabajo ofrece una lectura que considero todavía más interesante. Su índice global publicado en 2025 estima que uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, mientras que el 3,3 % del empleo mundial se encuentra en la categoría de mayor exposición. La conclusión central de la OIT es que, en la mayoría de los casos, la transformación de las tareas parece más probable que la desaparición completa de las ocupaciones. Esto me lleva a pensar que la competencia futura posiblemente no será simplemente entre humanos y máquinas, sino entre personas que saben multiplicar sus capacidades mediante la tecnología y personas que continúan trabajando como si estas herramientas no existieran. Por eso me gusta hablar, de manera deliberadamente provocadora, de una generación de trabajadores aumentados o incluso de “superhumanos” en términos de eficiencia y productividad. No porque adquieran capacidades sobrehumanas en sentido literal, sino porque una persona apoyada por inteligencia artificial puede analizar más información, producir más, reducir tareas repetitivas y disponer de herramientas que hace pocos años estaban reservadas a grandes equipos u organizaciones.

Un abogado puede utilizar estas tecnologías para revisar cientos de documentos antes de construir un argumento, un médico puede apoyarse en sistemas capaces de identificar patrones en imágenes diagnósticas, un ingeniero puede evaluar miles de escenarios y un funcionario público puede analizar bases de datos completas antes de tomar una decisión. Sin embargo, detrás de toda esta capacidad permanece una pregunta que considero fundamental. ¿Quién responde cuando algo sale mal? Nuestra sociedad está construida alrededor de la responsabilidad. Ante un error buscamos determinar quién tomó la decisión, quién autorizó una actuación, quién incumplió un deber y quién debe responder por sus consecuencias. Una inteligencia artificial puede recomendar, analizar e incluso ejecutar determinadas acciones, pero nuestras instituciones todavía necesitan personas y organizaciones responsables por aquello que se hace con esas herramientas. Esta preocupación ya aparece en la regulación internacional. El artículo 14 del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial exige mecanismos de supervisión humana para determinados sistemas de alto riesgo, mientras que el artículo 26 exige que esa supervisión sea asignada a personas con competencia, formación y autoridad suficientes. Cuanto mayor sea la autonomía tecnológica, más importante será determinar quién conserva la responsabilidad por sus decisiones y consecuencias.

Por esa razón no creo que podamos resumir el futuro diciendo simplemente que la inteligencia artificial reemplazará a las personas. Tampoco considero prudente afirmar lo contrario y asumir que todos los empleos se transformarán sin consecuencias sociales. Existe una pregunta económica mucho más difícil. Imaginemos una empresa que hoy necesita cien trabajadores y que, mediante inteligencia artificial, automatización y robótica, logra producir más utilizando cuarenta. Es posible que esos cuarenta trabajadores sean muchísimo más productivos, desempeñen actividades de mayor valor y reciban mejores salarios. Para la empresa sería una ganancia de eficiencia, pero para la sociedad seguiría existiendo una pregunta sobre las otras sesenta personas. ¿Tendrá el mercado laboral capacidad suficiente para absorberlas en nuevas actividades con la misma velocidad con la que la tecnología desplaza determinadas tareas? El aumento de productividad puede ser extraordinariamente positivo para una economía, pero sus beneficios no necesariamente se distribuyen automáticamente entre quienes participan en ella.

Esta pregunta adquiere una dimensión particular en Colombia. Según el DANE, durante el trimestre abril a junio de 2026 el 54,5 % de la población ocupada del país se encontraba en la informalidad. Esto significa que incluso antes de conocer plenamente los efectos futuros de la inteligencia artificial y la robótica sobre el empleo, Colombia ya enfrenta dificultades para vincular una proporción considerable de sus trabajadores a relaciones laborales formales y a los sistemas contributivos de protección social. De ahí surge otra pregunta que, a mi juicio, debería empezar a formar parte de la conversación pública. ¿Qué ocurriría con los sistemas pensionales y de seguridad social si una proporción creciente de la riqueza fuera producida por software, inteligencia artificial, máquinas y capital, mientras disminuyera proporcionalmente la cantidad de trabajo humano necesario para producirla? No afirmo que este escenario vaya a materializarse necesariamente, pero considero que sería un error esperar a que ocurra para empezar a discutir sus consecuencias.

Nuestros sistemas económicos y sociales fueron construidos alrededor de una relación que durante décadas parecía relativamente estable. Las personas trabajan, reciben ingresos, consumen, pagan impuestos y realizan aportes a la seguridad social. Una economía altamente automatizada podría tensionar esa estructura si consigue mantener o aumentar su producción necesitando proporcionalmente menos horas de trabajo humano. El verdadero cambio podría hacerse todavía más profundo cuando la inteligencia artificial deje de operar principalmente dentro de computadores y teléfonos y se integre masivamente con robots industriales, vehículos autónomos, máquinas agrícolas, sistemas logísticos y robots capaces de realizar actividades físicas. La siguiente gran revolución puede comenzar cuando la combinación de robótica e inteligencia artificial se democratice económicamente y deje de ser una tecnología disponible solamente para grandes corporaciones. Si una empresa pequeña pudiera adquirir por un costo razonable una máquina capaz de trabajar de manera continua, aprender diferentes actividades y requerir poca supervisión, la transformación del mercado laboral sería mucho más profunda que la que hoy observamos con los asistentes digitales.

Es allí donde la discusión deja de ser únicamente tecnológica y empieza a convertirse en una discusión sobre el modelo económico y social. Si las máquinas llegan a producir una proporción cada vez mayor de los bienes y servicios que consume una sociedad, mientras disminuye el trabajo humano necesario para generarlos, tendremos que preguntarnos si seguirá siendo sostenible un sistema donde el acceso al ingreso y una parte importante de la protección social dependen principalmente de tener un empleo. Incluso podríamos terminar discutiendo mecanismos de redistribución económica mucho más amplios, no necesariamente como consecuencia de una revolución política o ideológica, sino como respuesta a una transformación tecnológica del mercado laboral. ¿Podríamos acercarnos a alguna forma de socialización de una parte de la riqueza simplemente porque la economía ya no necesite la misma cantidad de trabajo humano para producirla? No tengo la respuesta y precisamente por eso considero que la pregunta merece hacerse.

La discusión sobre inteligencia artificial no debería limitarse a enseñar a utilizar un chatbot, automatizar procesos empresariales o elaborar listas sobre cuáles empleos desaparecerán primero. El desafío será preparar nuestros sistemas educativos, nuestras empresas, nuestras instituciones públicas y nuestros modelos de protección social para una economía en la que una sola persona pueda producir muchísimo más que antes y en la que, paradójicamente, producir más pueda requerir menos personas. No deberíamos vender la inteligencia artificial únicamente desde el miedo al reemplazo ni tampoco desde un optimismo ingenuo. Su verdadero potencial está en aumentar nuestras capacidades, pero su verdadero reto estará en decidir cómo distribuimos las ganancias de productividad que genera. Tal vez el principal desafío de la inteligencia artificial nunca haya sido construir máquinas capaces de trabajar como nosotros. El desafío será determinar qué hacemos nosotros cuando esas máquinas necesiten cada vez menos de nuestro trabajo.

Fuentes y referencias

Sobre el autor

Pablo Andrés Aranzazu Valencia escribe sobre inteligencia artificial, analítica, tecnología y políticas públicas. Más sobre mí.

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