¿Quiénes serán nuestros próximos doctores?
Esta semana conversaba con mi pareja sobre cómo ha cambiado nuestra relación con el conocimiento. Durante buena parte de la historia reciente, poseer conocimiento especializado era también una forma de estatus social. Una carrera universitaria, muchos años de experiencia o el dominio profundo de un área podían convertir a una persona en referente dentro de su comunidad. En Colombia incluso resulta familiar escuchar que a determinadas personas se les llama “doctor” no necesariamente porque tengan un doctorado, sino porque socialmente se les reconoce una posición asociada con sus estudios, su profesión, su experiencia o el conocimiento que poseen. Saber algo que la mayoría desconocía tenía valor precisamente porque acceder a ese conocimiento era difícil.
Internet comenzó a romper esa barrera mediante lo que podríamos llamar la democratización de la información, entendida como el proceso mediante el cual conocimientos, datos y contenidos que antes estaban restringidos a determinados grupos pasan a estar disponibles para una proporción mucho mayor de la población. La magnitud del cambio es difícil de dimensionar. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, en 1994 menos del 1 % de la población mundial utilizaba Internet. Para 2025, cerca de 6.000 millones de personas, equivalentes aproximadamente al 74 % de la población mundial, ya estaban conectadas. En unas pocas décadas, una parte enorme del conocimiento humano dejó progresivamente de depender de estar físicamente cerca de una universidad, una biblioteca o una persona especializada.
El conocimiento comenzó entonces a perder parte de su condición de recurso escaso. Antes podía ser necesario acudir a un abogado para entender una norma, a una biblioteca para consultar una investigación o a una persona especializada para resolver una inquietud técnica. Internet hizo posible encontrar buena parte de esa información en segundos. Sin embargo, todavía conservaba una barrera importante. Tener acceso a la información no significaba necesariamente saber qué hacer con ella. Podíamos encontrar un manual para programar, analizar datos, diseñar una página web, construir un modelo financiero o utilizar determinado software, pero todavía necesitábamos aprender las herramientas, comprender instrucciones, interpretar la información y ejecutar técnicamente cada tarea.
Por esa razón, aunque Internet democratizó el acceso al conocimiento, determinadas capacidades técnicas continuaron teniendo un importante valor diferencial. Saber programar, diseñar, analizar grandes volúmenes de datos o manejar determinados programas requería meses o años de formación. Dicho de otra forma, el saber comenzó a democratizarse mucho antes que el hacer.
La inteligencia artificial está comenzando a derribar precisamente esa segunda barrera. Ya no solamente facilita acceder a una explicación, sino que puede acompañar a una persona durante la ejecución de la tarea. Puede ayudar a escribir código, analizar una base de datos, estructurar un documento, crear una presentación, traducir contenido, desarrollar una aplicación, interpretar información o aprender una nueva habilidad mientras simultáneamente se intenta ponerla en práctica. La diferencia puede parecer sutil, pero culturalmente es enorme. Internet nos permitió preguntar cómo hacer algo. La inteligencia artificial comienza a permitirnos hacerlo acompañados por una herramienta capaz de guiarnos durante el proceso.
Esta transformación ya empieza a ser visible en Colombia. Según la Encuesta de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones en Hogares del DANE, en 2024 el 18 % de las personas de cinco años o más que utilizaron Internet también hicieron uso de herramientas de inteligencia artificial. En las cabeceras municipales la proporción alcanzó el 20,4 %, mientras que en centros poblados y rural disperso fue del 8,1 %. Todavía existe una brecha importante, pero la IA claramente dejó de ser una tecnología reservada a investigadores, universidades o grandes compañías.
La velocidad de adopción empresarial también muestra que no estamos frente a una tendencia marginal. El AI Index Report 2025 de Stanford encontró que el 78 % de las organizaciones encuestadas utilizó inteligencia artificial en al menos una función empresarial durante 2024, frente al 55 % registrado un año antes. En inteligencia artificial generativa, el crecimiento fue todavía más acelerado y pasó del 33 % de las organizaciones en 2023 al 71 % en 2024.
El efecto sobre algunas tareas técnicas ya puede medirse. En un experimento controlado con desarrolladores de software, quienes utilizaron GitHub Copilot completaron una tarea de programación 55,8 % más rápido que quienes trabajaron sin el asistente. El grupo apoyado por inteligencia artificial tardó en promedio cerca de una hora y once minutos, frente a aproximadamente dos horas y cuarenta y un minutos del grupo que realizó la actividad sin esa herramienta. Esto no significa que cualquier persona pueda convertirse instantáneamente en programador ni que desaparezca la necesidad de conocimiento especializado. Lo que sí demuestra es que la distancia entre saber qué se quiere hacer y disponer de la capacidad técnica para ejecutarlo puede reducirse considerablemente.
Creo que ese es uno de los cambios culturales más importantes que estamos comenzando a vivir. Una persona que hace algunos años necesitaba contratar a distintos especialistas para ejecutar un proyecto hoy puede realizar por sí misma una proporción mucho mayor del proceso apoyándose en inteligencia artificial. Puede aprender mientras construye, preguntar mientras programa, corregir mientras escribe y analizar mientras toma decisiones. Esto no elimina el valor del experto, pero sí modifica aquello que entendemos por experiencia y capacidad.
El fenómeno tampoco se limitará necesariamente al computador. Hasta ahora buena parte de la revolución de la inteligencia artificial ocurre dentro de una pantalla y afecta principalmente tareas intelectuales o digitales. Sin embargo, el aprendizaje automático, la visión por computador y la robótica están comenzando a conectar esa inteligencia con el mundo físico. Según la Federación Internacional de Robótica, durante 2024 se instalaron 542.076 nuevos robots industriales en el mundo y el número total de unidades industriales en funcionamiento alcanzó aproximadamente 4,66 millones.
Cuando la capacidad de comprender imágenes, interpretar lenguaje y tomar decisiones se combine cada vez más con máquinas capaces de desplazarse, manipular objetos y ejecutar actividades físicas, la democratización del hacer podría dejar de afectar exclusivamente al trabajo realizado frente a un computador. Actividades industriales, logísticas, agrícolas, comerciales e incluso algunas labores de servicios podrían experimentar una transformación semejante.
Esto tampoco significa que todos los empleos estén próximos a desaparecer. La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, mientras que alrededor del 3,3 % del empleo mundial se encuentra en la categoría de mayor exposición. La propia OIT considera que, para la mayoría de las ocupaciones, la transformación de las tareas parece más probable que la eliminación completa del empleo.
Sin embargo, incluso si los puestos de trabajo no desaparecen de manera masiva, la transformación cultural puede ser profunda. Durante décadas construimos parte del reconocimiento social alrededor de quienes poseían conocimientos difíciles de adquirir. Posteriormente valoramos especialmente a quienes podían convertir ese conocimiento en capacidades técnicas difíciles de ejecutar. Ahora estamos entrando en una etapa en la que tanto el acceso al conocimiento como una proporción creciente de la capacidad de ejecución pueden comenzar a dejar de ser escasos.
Entonces surge una pregunta que me parece mucho más interesante que simplemente discutir qué profesiones serán reemplazadas por la inteligencia artificial. ¿Qué comenzaremos a valorar cuando saber y hacer técnicamente algo estén al alcance de muchas más personas?
Tal vez el valor diferencial empiece a trasladarse hacia capacidades que hoy damos por sentadas. El criterio para distinguir una buena respuesta de una mala, la creatividad para imaginar algo que todavía no existe, la capacidad de formular preguntas, el liderazgo para coordinar personas, la empatía, la confianza, la reputación, la responsabilidad por las decisiones tomadas y la habilidad para conectar conocimientos provenientes de disciplinas distintas podrían adquirir un valor aún mayor.
Durante años admiramos a quien tenía las respuestas. Internet puso millones de respuestas al alcance de nuestras manos. Ahora la inteligencia artificial empieza a ayudarnos también a ejecutar aquello que antes solo algunos sabían hacer. Quizá la persona valiosa del futuro no será necesariamente quien acumule más información, sino quien sepa qué preguntar, qué problema vale la pena resolver, cómo evaluar las respuestas y qué decisión tomar con ellas.
Y por eso vuelvo a la conversación con la que comenzó esta reflexión. Si alguna vez llamamos “doctor” a quien representaba el conocimiento, la experiencia y una capacidad que socialmente considerábamos escasa, quizá deberíamos empezar a preguntarnos qué atributos generarán ese mismo reconocimiento en las próximas décadas.
Si Internet democratizó el saber, la inteligencia artificial está comenzando a democratizar el hacer y la robótica puede llevar esa capacidad al mundo físico.
Entonces queda abierta una pregunta.
¿Quiénes serán nuestros próximos “doctores”?
Fuentes y referencias
